Hespéride se mantenía firme en la ciudadela, cumpliendo con cada deber que la gente le pedía. Atendía heridos, cuidaba a las madres que iban a dar a luz, calmaba a los niños que lloraban por padres que jamás volverían del frente. Su semblante, siempre sereno y enigmático, le daba a los demás la sensación de que todo estaba bajo control. Pero por dentro, el vacío que había dejado Horus crecía día con día.
En más de tres mil años jamás había sentido algo similar. Siempre había dominado sus emocio