El imperio de Atlas había reaccionado con la furia de una bestia herida. Desde la capital hasta las fronteras más lejanas, las órdenes eran claras: encontrar y exterminar a Némesis. Tropas marchaban sin descanso, los generales enviaban patrullas hacia los bosques, montañas y desiertos donde podía ocultarse. Las brujas invocaban visiones en los espejos de obsidiana, tratando de captar siquiera un destello de la máscara del enemigo. Pero no había rastro. Ni huella, ni sombra.
La recompensa se pre