Horus estaba detrás de Hespéride en su centro de vigilancia, aquella arquitectura oculta entre riscos y raíces antiguas que solo ellos conocían. El aire en ese lugar era denso, cargado con la humedad de la piedra y el aroma a incienso apagado. Allí, la hechicera mantenía sus espejos de visión, círculos flotantes donde las imágenes de los ejércitos imperiales se proyectaban como fantasmas danzantes.
Él frunció el ceño mientras observaba la columna de tropas avanzar lentamente sobre los senderos. Los estandartes negros ondeaban contra el viento, como si fueran alas de una sombra que no se detenía. La línea interminable de soldados, gigantes y bestias de carga se extendía hasta perderse en la distancia. El corazón de Horus latía con fuerza contenida; había visto guerras, había vivido en ellas, pero aquella visión tenía un peso distinto.
—Es justo como lo predijiste —dijo Horus, su voz grave resonando como un eco contenido en la sala de roca—. Ahora quieren conquistar otro reino.
Hespérid