Horus estaba detrás de Hespéride en su centro de vigilancia, aquella arquitectura oculta entre riscos y raíces antiguas que solo ellos conocían. El aire en ese lugar era denso, cargado con la humedad de la piedra y el aroma a incienso apagado. Allí, la hechicera mantenía sus espejos de visión, círculos flotantes donde las imágenes de los ejércitos imperiales se proyectaban como fantasmas danzantes.
Él frunció el ceño mientras observaba la columna de tropas avanzar lentamente sobre los senderos.