Tras el prolongado homenaje de Horus, una sonrisa lenta y cargada de dominio se dibujó en los labios morados de Hespéride. Con un movimiento fluido, invirtió sus posiciones. Empujó suavemente el hombro de Horus hasta que su espalda se apoyó contra las frías sábanas de seda, y ella se deslizó entre sus piernas, su cuerpo esbelto y marcado como una sombra viva sobre la palidez marmórea de él.
Su mirada púrpura, fija en los ojos plateados de Horus, sostenía un desafío silencioso. Con ambas manos,