Tras el prolongado homenaje de Horus, una sonrisa lenta y cargada de dominio se dibujó en los labios morados de Hespéride. Con un movimiento fluido, invirtió sus posiciones. Empujó suavemente el hombro de Horus hasta que su espalda se apoyó contra las frías sábanas de seda, y ella se deslizó entre sus piernas, su cuerpo esbelto y marcado como una sombra viva sobre la palidez marmórea de él.
Su mirada púrpura, fija en los ojos plateados de Horus, sostenía un desafío silencioso. Con ambas manos, tomó su miembro erecto, que se alzaba firme y frío como una columna de hielo tallada. Un contraste de temperaturas que ella conocía y anhelaba. Primero, lo rodeó con los dedos, palpando su dureza, midiendo su longitud, sintiendo el pulso interno que latía bajo la superficie gélida. Luego, inclinó la cabeza y depositó un beso en la punta, un contacto suave que hizo estremecer a Horus.
Sin apartar la mirada, abrió la boca y lo recibió. La calidez abrasadora de su interior envolvió la frialdad de é