Impulsada por una oleada de deseo que quemaba cualquier noción de precaución, Hespéride se giró sobre el suelo frío de piedra. Con un movimiento que fluía de una agilidad sobrenatural, se puso a gatas, arqueando la espalda de manera pronunciada. Su silueta, con las marcas púrpuras brillando bajo el tenue resplandor de la habitación, era una ofrenda explícita y poderosa dirigida a la bestia de ojos blancos que la observaba. La visión de sus nalgas redondeadas y firmes, y el sexo aún brillante y