El comedor del palacio estaba iluminado por lámparas de cristal azul que proyectaban un resplandor suave sobre la mesa larga de roble negro. Afuera, la tarde avanzaba con nubes densas que amenazaban lluvia, mientras el viento golpeaba contra los ventanales con un ritmo constante que recordaba a un tambor profundo. Los sirvientes habían dispuesto bandejas de carne asada, raíces especiadas, frutas dulces, pan recién hecho y jarras con agua fresca y vino suave. Era la hora de la comida, el único momento de la jornada donde los once podían sentarse juntos sin entrenamientos ni clases.
Horus ocupaba el centro de la mesa, con postura recta y mirada lúcida, aunque cansada. Sus ojos plateados se movían entre los niños con una atención estricta, como si cada gesto formara parte de un informe silencioso. Hespéride se sentaba a su derecha, imponente incluso en un ambiente calmado. Su largo cabello púrpura caía sobre los hombros, y sus marcas brillaban con un matiz suave bajo la luz. Ambas figura