Al regresar a Krónica, la comitiva avanzó entre calles silenciosas. A diferencia del bullicio de la coronación y de la boda, ahora el reino contemplaba a sus monarcas con reverencia solemne. Horus cabalgaba al frente, recto, inescrutable, la mirada fija en la avenida que conducía a la plaza central. Hespéride avanzaba a su lado, imponente en su porte, con aquel velo oscuro que parecía moverse por voluntad propia. Detrás, los ocho niños se desplazaban en formación, tal como se les había instruido: sin risas, sin distracciones, sin dispersarse. La realeza Khronos no podía permitirse gestos infantiles durante un retorno oficial.
A pesar de ello, los habitantes se inclinaban con profundo respeto al verlos pasar. El linaje había resurgido después de décadas de silencio y dolor, y cada inclinación era un acto de agradecimiento, no de júbilo.
Cuando el portón principal del palacio se cerró tras la comitiva, los instructores se reunieron en la Sala del Mármol Blanco. Habían concluido la evalu