Sin perder un instante, Horus invirtió sus posiciones con determinación. Sus manos, frías como la escarcha, se cerraron alrededor de la cintura de Hespéride y la depositaron sobre las sedas oscuras del lecho. Su piel pálida contrastaba vivamente con las marcas púrpuras que serpenteaban sobre el cuerpo de ella, como ríos de tinta sobre pergamino viviente.
Una quietud expectante llenó la alcoba, rota solo por el crepitar de las llamas en la chimenea y la respiración entrecortada de ambos. Los ojos grises de Horus, habitualmente impasibles como lagos congelados, ardían ahora con una intensidad feroz. Recorrió con la mirada la forma esbelta de Hespéride, deteniéndose en el triángulo oscuro entre sus muslos, donde la humedad ya perlaba su piel con un brillo tentador.
Se inclinó, y sin prisa, separó sus piernas. Un aroma denso y dulzón, a miel madura y flores nocturnas, inundó sus sentidos. Hespéride emitió un suspiro grave cuando la boca de Horus, fría al principio, encontró su centro. Su