Sin perder un instante, Horus invirtió sus posiciones con determinación. Sus manos, frías como la escarcha, se cerraron alrededor de la cintura de Hespéride y la depositaron sobre las sedas oscuras del lecho. Su piel pálida contrastaba vivamente con las marcas púrpuras que serpenteaban sobre el cuerpo de ella, como ríos de tinta sobre pergamino viviente.
Una quietud expectante llenó la alcoba, rota solo por el crepitar de las llamas en la chimenea y la respiración entrecortada de ambos. Los ojo