Pero Hespéride, milenaria e insaciable, anhelaba el control. Con un empuje sorprendente, lo rodó y se situó encima. Esta vez, le dio la espalda, arrodillándose sobre su regazo. Tomó con ambas manos el miembro de Horus, firme y frío como esculpido en hielo vivo, y guiándolo con destreza, lo acomodó dentro de sí. Un suspiro de satisfacción escapó de sus labios al sentirlo llenarla de nuevo.
Entonces comenzó a cabalgar. Desde su posición, Horus tenía una vista privilegiada. Observaba, hipnotizado,