—¿Qué tienes? —preguntó ella con ternura.
—Me duele la cabeza… Es insoportable.
—Es lo que temía… El don del tiempo es demasiado poderoso.
—Quiero ducharme, tengo calor.
Hespéride envolvió a Horus en un manto de sombras vibrantes que se arremolinaron en torno a ellos. El aire se enfrió de golpe, y en un instante, el dormitorio real se desvaneció, reemplazado por la atmósfera húmeda y perfumada del baño privado. Grandes tinajas de piedra pulida flanqueaban una tina amplia, cuyos bordes estaban tallados con runas élficas y símbolos ancestrales del linaje Khronos. Velas flotantes, encendidas con llama violeta, proyectaban destellos danzantes sobre las paredes de obsidiana.
Con movimientos pausados, Hespéride comenzó a desvestir a Horus. Sus dedos, largos y de uñas afiladas, desabrocharon cada cierre y soltaron cada amarre con precisión ritual. La túnica del rey cayó al suelo, seguida por la armadura ligera que aún llevaba pese a la hora avanzada. Horus permaneció quieto, permitiendo que