Las murallas de Krónica se alzaban frente a ellos como un monumento detenido en el tiempo, vigilante, imponente, intacto pese a los años bajo el dominio de Atlas. El silencio que envolvía a la multitud se quebró cuando un sonido metálico profundo resonó desde el interior. Las puertas, cerradas por más de quince años para quienes habían sido expulsados, comenzaron a moverse. Los engranajes internos se activaron con un eco grave que vibró en los pechos de todos los presentes.
Los soldados sobre las murallas asomaron sus rostros, primero incrédulos, luego sobrecogidos. Reconocieron el estandarte de la resistencia, los rostros cansados de los héroes que habían devuelto la libertad al continente… y, en el centro de todo, al rey.
El rey perdido.
Las puertas se abrieron con una solemnidad que atravesó el aire. Y entonces, cuando la luz del reino se derramó hacia afuera, cientos de personas emergieron del interior. Hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños. Todos avanzaron con pasos lentos,