El avance por las calles de Krónica condujo a la multitud hasta el corazón del reino. Al fondo, más allá de las plazas y los talleres, se alzaba el palacio central: una estructura de mármol blanco y piedra azulada que reflejaba la luz del atardecer con un resplandor sereno. Sus torres eran altas y esbeltas, conectadas por pasillos abiertos adornados con mosaicos que narraban la historia de los Khronos. Cada arco tenía grabado un símbolo ancestral: la espiral del tiempo, la luna creciente, la hoja del equinoccio.
Al ver la llegada del rey y la reina, los consejeros que habían sobrevivido a la tiranía del imperio salieron de inmediato. Algunos avanzaron con paso firme, otros con evidente emoción contenida. Hace quince años habían sido jóvenes servidores del reino; hoy regresaban como sombras de su antigua grandeza, marcados por el exilio y las pérdidas.
El primero en acercarse fue Ervhalis, antiguo maestro de ceremonias. Su túnica azul estaba impecablemente planchada, pese al temblor en