Las dos caravanas avanzaban por rutas distintas, separadas por colinas, distancia y semanas de viaje, pero unidas por un mismo destino. Tanto el ejército de Horus como el pueblo guiado por Hespéride sabían que el reencuentro ocurriría tarde o temprano. La noticia de que la reina púrpura marchaba hacia el sur y que el rey avanzaba desde las costas se esparció entre ambos grupos como una corriente cálida que fortalecía los pasos.
Las brujas caminaban con determinación detrás de Hespéride, muchas de ellas con la cabeza erguida, recuperando un orgullo que llevaban siglos sin sentir. Los druidas la acompañaban también, algunos con lágrimas discretas al verla en su forma verdadera, la que solo recordaban en fragmentos distantes. Y allí, en el centro de esa multitud, Asterope caminaba sostenida por el brazo de su madre, mientras Érika y Crisótemis seguían a su padre desde la distancia que los separaba, sin saber cuán cerca estaban de reencontrarse.
Pero esa separación no duraría mucho más.
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