Horus y Hespéride se miraron en medio del caos ardiente del campo de batalla, con los cuerpos caídos alrededor, con la tierra aún temblando por la furia del titán, con el aire vibrando entre escarcha, fuego, oscuridad y rayos. Sus miradas se encontraron en un punto suspendido entre la fatiga y la determinación, entre el dolor sufrido y la promesa final. Él respiraba con dificultad, con sangre seca en los labios y el pecho subiendo y bajando con un esfuerzo que apenas podía sostener, pero en sus ojos grises quedaba un brillo firme, decidido. Ella, con el cabello oscuro revuelto por la ventisca de magia y viento, con la piel marcada por quemaduras y raspaduras, sostenía la mirada con la serenidad de una eterna que comprendía que aquel era el momento definitivo, el instante que había esperado por siglos, el último segundo de una profecía milenaria que por fin se abría paso entre las ruinas.
Atlas avanzó hacia ellos con la respiración irregular, con el cuerpo herido en varias partes por l