Leighis, desfalleciendo en la tierra cálida y rajada del campo de batalla, apenas podía sostener el peso de sus propios párpados. Sentía la sangre tibia y espesa escaparle del abdomen, humedeciéndole el vestido blanco que ahora era una mezcla desgarradora de tonos escarlata, dorados rotos y tierra oscura. Su respiración era cortada, frágil, con un temblor que anunciaba que la vida la abandonaba con cada exhalación. Y sin embargo, incluso al borde de la muerte, sus ojos dorados buscaban solo una