Hespéride mantenía al titán contenido en el otro extremo del campo de batalla, sosteniendo las cadenas con ambos brazos extendidos, mientras descargas eléctricas; magenta, violentas, indomables, recorrían cada eslabón y se hundían en la piel del gigante como garfios incandescentes. Era una imagen feroz y magnífica: la bruja púrpura, flotando con su cabello azotado por el viento, su vestido oscuro ondeando como un estandarte de tempestad, y el titán prisionero, elevándose y hundiéndose al ritmo de su fuerza, soportando cada descarga con gruñidos que estremecían el suelo mismo.
Atlas, sin embargo, era tenaz hasta la aberración. Incluso arrodillado, incluso con los músculos convulsionando por la electricidad, comenzó a ponerse de pie. Sus piernas temblaron, pero no se doblaron. Sus hombros ardieron, aunque no cedieron. Dio un paso, desgarrando la tierra bajo su planta. Otro. Y otro. Avanzó como un gigante renacido del fuego y del odio. Caminaba lento, pesado, cada movimiento acompañado p