—¿Quién eres tú?
Atlas escuchó una voz en su cabeza. No provenía de los pasillos, ni del eco de la biblioteca, ni de ninguno de sus súbditos. Era un susurro interno, grave y femenino, que golpeaba dentro de su cráneo como una campanada sorda. Movió el cuello hacia ambos lados, buscando, desconfiado, con la mandíbula tensa y los dedos cerrándose alrededor de la empuñadura de su espada. No había nadie. Ni siquiera un guardia había bajado con él a aquel abismo secreto. La voz solo podía ser de ell