—¿Quién eres tú?
Atlas escuchó una voz en su cabeza. No provenía de los pasillos, ni del eco de la biblioteca, ni de ninguno de sus súbditos. Era un susurro interno, grave y femenino, que golpeaba dentro de su cráneo como una campanada sorda. Movió el cuello hacia ambos lados, buscando, desconfiado, con la mandíbula tensa y los dedos cerrándose alrededor de la empuñadura de su espada. No había nadie. Ni siquiera un guardia había bajado con él a aquel abismo secreto. La voz solo podía ser de ella.
Sus ojos recorrieron la cama suspendida tras los muros de cristal, deteniéndose en la figura que yacía inerte sobre los lienzos blancos. La elfa dorada no se movía, ni la boca ni los párpados; apenas parecía respirar. Pero su voz estaba allí, viva, incrustada en sus pensamientos.
—Yo soy el emperador y conquistador de este reino —respondió él con voz áspera, dejando que sus palabras resonaran en el recinto, aunque en el fondo supiera que ella lo escuchaba sin necesidad de que hablara.
—¿A qué