La daga de tierra se detuvo a pocos centímetros del rostro de la emperatriz. El filo vibraba, suspendido en el aire por la voluntad férrea del emperador Atlas. Aquel corte de piedra era tan delgado que casi brillaba como un cristal bajo la luz de las antorchas. Sin embargo, Hespéride no pestañeó, ni inclinó el rostro, ni mostró una sola mueca de temor.
El silencio en la sala se volvió insoportable para los ministros, los generales y la bruja Xythra, quienes observaban la escena con el aire contenido.
Hespéride conocía el alma de aquel coloso. Podía leer sus intenciones, incluso las más ocultas, aunque él creyera imposible que alguien penetrara sus pensamientos. El gigante siempre dejaba una grieta, un rastro mínimo en su mirada pétrea, y ella sabía interpretarlo. Esa daga no estaba destinada a asesinarla en ese momento. Aunque era una advertencia, de que la paciencia del emperador tenía límites.
La emperatriz alzó una de sus manos y una sombra espesa, de tonos oscuros con matices viol