—Saludos, emperador. ¿Me ha mandado a llamar? —preguntó la emperatriz, viendo recto, pero no a la cara del gigante Atlas.
—El consejo me ha encomendado que es momento de tener descendencia —dijo el gigante de forma magnánima—. Pero yo no quiero tocarte ni una hebra de tu cabello… Eres horrenda y despreciable. —Atlas escupió en el piso de forma despectiva—. Tus marcas fucsias son repugnantes… Tus manchas son una ofensa para la realeza.
El eco del escupitajo se propagó por la sala como un símbolo de su desprecio. Los nobles bajaron la vista, sin atreverse a respirar fuerte, pues conocían el temperamento del colosal monarca. La emperatriz Hespéride se mantuvo erguida, la mirada fija en la nada, con el porte altivo que la caracterizaba. Sus ojos no parpadearon, su rostro no cambió ni un músculo. Había escuchado insultos similares desde el día en que fue encadenada al destino de convertirse en esposa del conquistador, y ninguno había logrado perforar la coraza de hierro que se había formad