—Saludos, emperador. ¿Me ha mandado a llamar? —preguntó la emperatriz, viendo recto, pero no a la cara del gigante Atlas.
—El consejo me ha encomendado que es momento de tener descendencia —dijo el gigante de forma magnánima—. Pero yo no quiero tocarte ni una hebra de tu cabello… Eres horrenda y despreciable. —Atlas escupió en el piso de forma despectiva—. Tus marcas fucsias son repugnantes… Tus manchas son una ofensa para la realeza.
El eco del escupitajo se propagó por la sala como un símbolo