El paso del emperador Atlas se sentía cada día más cerca. Su ejército avanzaba sin descanso, dejando tras de sí un rastro de destrucción que ennegrecía los cielos y enmudecía las selvas del cálido norte. La tierra temblaba bajo el peso de sus máquinas de guerra y de las bestias encantadas que tiraban de los carros de asedio. El aire húmedo se mezclaba con el olor metálico de la sangre y con el hedor de la lluvia que no cesaba.
Las tormentas eran constantes. Los relámpagos rasgaban el cielo y lo