Atlas estaba en su trono. Al no poder encontrar a la santa dorada en Atira, mandó a sus generales de expedición a encontrar los reinos élficos. Sin embargo, en esos años de búsqueda, no los habían encontrado. Malditas hadas de oreja larga. Eran demasiado buenos escondiéndose, ya hasta habían colmado su paciencia. Mes tras mes solo había fracaso. En el imperio, eso era imperdonable. Ni sus mejores rastreadores, ni su magia, ni nada hacían que encontrara a la santa de la luz, ni a los reinos élficos. Movía su pie de manera lenta, luego medio y después más rápido. Su don de la tierra provocó leves temblores que evidenciaban su furia.
—Manda a buscar a la bruja adivina —dijo Atlas con severidad.
La hechicera estuvo en el salón en un momento. Voló en su escoba, hasta acercarse al emperador que estaba sentado en su trono. Saltó al piso e hizo una reverencia.
—Mi señor, ¿me ha mandado a llamar? —dijo ella, con neutralidad.
—Me has dicho que aquí estaba mi mate… Pero han pasado ocho años y no