Horus la reconocía; era Leighis Noor, su antigua prometida. Cuánto había deseado que despertara de aquel largo letargo, para poder desposarla, para que el destino siguiera el cauce que él había soñado desde niño. Era ella, con sus ojos amarillos como dos soles perpetuos y aquel cabello dorado que parecía trenzado por los mismos dioses. Hasta ese momento, Horus solo había escuchado su voz en destellos telepáticos, un murmullo lejano que lo consolaba en sus noches de soledad. Pero ahora la tenía