Así, Horus en ese lapso ya cumpliría la mayoría de edad. Su campamento de refugiados se había convertido en una ciudadela con personas de muchos reinos, nobles y miembros de la realeza que habían huido como él. Los muros de madera que al principio solo eran defensas improvisadas se habían reforzado con piedra, levantadas con el sudor y la paciencia de quienes lo acompañaban. Calles estrechas y ordenadas se entrelazaban con plazas sencillas y en cada esquina se escuchaban voces que traían acentos de tierras distantes. Era un refugio, pero también un crisol de memorias quebradas y de esperanzas encendidas.
Él había crecido; era alto por los genes de su madre elfa y fornido por los de su padre humano. Su cabello blanco no perdía su limpieza y pureza, ni haciendo labores de campo. Sus ojos grises reflejaban la luz y a los demás como un espejo impecable, como si nadie pudiera mirarlo sin sentir que se veía a sí mismo en el reflejo de ese brillo inmutable.
Se unía a los demás, como un habit