Entonces, los iris grisáceos que había heredado de su madre comenzaron a transformarse. La tonalidad plateada se descompuso en doce destellos, desplegándose en una gama de colores vivos, como si el arcoíris hubiera encontrado refugio en su mirada. Dentro de ese círculo cromático aparecieron manecillas negras, perfectas, marcando un reloj invisible.
El tiempo se detuvo. El aire, las personas y todo quedó estático. Las brasas que flotaban en el viento dejaron de moverse, las gotas de sangre se co