El cuarto estaba sumido en la penumbra, con solo la tenue luz de la luna filtrándose a través de las cortinas pesadas. Dos cuerpos yacían entrelazados en la cama, sus pieles desnudas brillando con un sudor sutil tras un encuentro apasionado. Las sábanas blancas estaban desordenadas a su alrededor, un testigo silencioso de la conexión ardiente que habían compartido.
Sofía, con una sonrisa satisfecha, se apartó un poco, dejando que el aire fresco de la noche acariciara su piel. Con movimientos el