Elena permaneció varios minutos dentro del automóvil.
Sin moverse. Sin respirar bien. Solo mirando la vieja casa de campo frente a ella.
El lugar no había cambiado.
Las mismas paredes blancas. Los mismos jardines descuidados. La misma terraza donde alguna vez imaginó una vida que jamás llegó.
Y eso era lo que más odiaba.
Porque esa casa estaba llena de fantasmas. Fantasmas de una vida que nunca tendría.
—No deberías haber venido —se dijo.
Pero ya era tarde.
Adrian había mencionado a su hijo. Y