Leonid Volkov se levantó de la mesa con una brusquedad que hizo vibrar la cristalería fina. El chirrido de las patas de la silla contra el mármol del comedor resonó como un trueno en el silencio del comedor. El rostro de Leonid, usualmente una máscara de control y frialdad, se había transformado en una mueca de incredulidad y furia contenida. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el teléfono móvil; por un segundo, Valeria temió genuinamente que fuera a lanzar el aparato contra el gran v