Leonid Volkov se levantó de la mesa con una brusquedad que hizo vibrar la cristalería fina. El chirrido de las patas de la silla contra el mármol del comedor resonó como un trueno en el silencio del comedor. El rostro de Leonid, usualmente una máscara de control y frialdad, se había transformado en una mueca de incredulidad y furia contenida. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el teléfono móvil; por un segundo, Valeria temió genuinamente que fuera a lanzar el aparato contra el gran ventanal que daba al jardín.
El hombre se quedó viendo el teléfono por un momento que, bajo la percepción de Valeria, se dilató como si el tiempo se hubiera congelado. Leonid parecía estar viendo un fantasma. Las últimas palabras de Anya Myers, cargadas de ese veneno dulce que tanto la caracterizaba, seguían resonando en su mente. Ella le había enviado un archivo que desafiaba toda lógica. Leonid no tenía la menor idea de lo que estaba viendo en ese momento, solo sabía que su firma —esa rúbrica q