La declaración de Leonid sobre pasar una semana en la mansión cayó como ácido sobre la piel de Irina. Ella dejó los cubiertos, que tintinearon con furia contra la porcelana, y se irguió con esa elegancia gélida que solía ser su arma más letal, incluso cuando el suelo bajo sus pies ya estaba empezando a agrietarse.
—No voy a quedarme aquí una semana con estas personas —sentenció Irina, barriendo a los Montenegro con una mirada cargada de un veneno insoportable. Su voz, perfectamente modulada, vi