Capítulo 78

La declaración de Leonid sobre pasar una semana en la mansión cayó como ácido sobre la piel de Irina. Ella dejó los cubiertos, que tintinearon con furia contra la porcelana, y se irguió con esa elegancia gélida que solía ser su arma más letal, incluso cuando el suelo bajo sus pies ya estaba empezando a agrietarse.

—No voy a quedarme aquí una semana con estas personas —sentenció Irina, barriendo a los Montenegro con una mirada cargada de un veneno insoportable. Su voz, perfectamente modulada, vibraba con un desprecio que pretendía humillar—. Mi paciencia tiene un límite y este lugar ya lo ha cruzado. Nueva York es soportable solo en dosis pequeñas, pero esta convivencia forzada es una ordinariez que no estoy dispuesta a tolerar.

Leonid ni siquiera levantó la vista de su plato. Cortó un trozo de carne con una precisión quirúrgica, masticó con parsimonia y dejó que el silencio se prolongara lo suficiente como para que la indignación de su madre se volviera desesperación.

—Adelante, vete
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