La declaración de Leonid sobre pasar una semana en la mansión cayó como ácido sobre la piel de Irina. Ella dejó los cubiertos, que tintinearon con furia contra la porcelana, y se irguió con esa elegancia gélida que solía ser su arma más letal, incluso cuando el suelo bajo sus pies ya estaba empezando a agrietarse.
—No voy a quedarme aquí una semana con estas personas —sentenció Irina, barriendo a los Montenegro con una mirada cargada de un veneno insoportable. Su voz, perfectamente modulada, vibraba con un desprecio que pretendía humillar—. Mi paciencia tiene un límite y este lugar ya lo ha cruzado. Nueva York es soportable solo en dosis pequeñas, pero esta convivencia forzada es una ordinariez que no estoy dispuesta a tolerar.
Leonid ni siquiera levantó la vista de su plato. Cortó un trozo de carne con una precisión quirúrgica, masticó con parsimonia y dejó que el silencio se prolongara lo suficiente como para que la indignación de su madre se volviera desesperación.
—Adelante, vete