La segunda planta de La mansión Volkov, en la cual se encontraban las habitaciones familiares y la de los huéspedes se encontraba saturada de una tensión tan densa que parecía poder cortarse con un cuchillo. Alexandr permanecía de pie frente a la puerta cerrada de la suite de invitados sintiéndose responsable de su mujer que se encontraba sentada aún en la cama resistiéndose a bajar al comedor porque le parecía una falta de respeto codearse con gente de tan bajo nivel.
La mujer en cuestión se mantenía con la espalda tan recta que parecía una estatua de mármol vestía de seda elegantemente con un tono perla que subrayaba su hermosura y aristocracia. Alexander esperaba que reaccionara, pero en vista de que no lo hacía se atrevió a anunciarle que el desayuno estaba servido y que deberían bajar. La mirada que recibió fue letal y tan tóxica que de ser un arma habría muerto envenenado.
—¿Me estás pidiendo que baje a dañar mis retinas viendo a esa gentuza, Alexandr? —preguntó Irina, su voz era