La mañana siguiente resultó como todas las demás desde hacía tres o cuatro días. Ya ni siquiera sabía en que día se encontraba salvo por las fechas del del calendario, la rutina se le convirtió en una mezcla de tensión, irritabilidad y eficiencia casi forzada. Sentada en su escritorio de cerezo, con George y Barney como estatuas silenciosas en la puerta, se hundió en los archivos financieros de la adquisición de Zagreb. Sin embargo, su mente no estaba en los balances, sino en la única frase que