Valeria sintió aun el ardor en sus ojos mientras polveaba su piel, pero la furia que la inundó al ver el rostro perfecto de Anya Myers detuvo las próximas lágrimas.
—Valeria Montenegro, ¿verdad? —repitió Anya, su voz baja y cargada de un veneno que no era tristeza, sino celos—. Ya sabes, esa que cree que un anillo de bodas la convierte en algo.
—Eso depende que quien seas tu —se giró para confrontarla como una tigra.
Valeria presionó la esponja con el maquillaje en su piel para borrar cada surc