— ¿Por qué no pedimos más cobijas en la recepción de la posada? —sugirió Sofía.
—¿A esta hora? Prefiero abrazarme a ti —afirmó, con el aire de un hombre que no tolerara que se opongan a su voluntad. La rodeó con los brazos, la espalda de ella contra su pecho, y apoyó la barbilla sobre su pelo—. No está tan mal, ¿eh?
Por supuesto que no estaba nada mal. Era maravilloso sentirse segura, cálida.
—Estoy muy cómoda, pero si intentas algo te arranco las bolas.
—Tú le quitas la inspiración a cualqu