Sofía pensó que era preferible no discutir, pues Vicente necesitaba toda su concentración para manejar. Dio un suspiro de alivio cuando vio las luces del solitario hotel dándoles la bienvenida.
—Si no les quedan habitaciones libres, quizá nos permitan sentarnos en el vestíbulo —opinó y Vicente le sonrió al apagar el motor, como una exhalación de triunfo.
—Gracias, Sofía.
— ¿Por qué?
—Por no ponerte histérica.
—No tendría sentido —contestó con tranquilidad—. No tienes la culpa de que haya ll