POV: Catalina
El aire de Barcelona no olía a aire acondicionado filtrado.
Olía a salitre húmedo. A pinos calentados por el sol. A tubos de escape de motos y a café tostado en las esquinas.
Bajé del taxi en la Travessera de Gracia.
No llevaba chófer. No llevaba guardaespaldas.
Llevaba una maleta de mano y las llaves de un pasado que había abandonado hace tres años.
Me paré frente al portal de madera vieja y barniz descascarillado.
El número 45.
Mi edificio.
No era un rascacielos de vidrio y acero que desafiaba a Dios. Era un edificio modernista de cuatro plantas, con balcones de hierro forjado y geranios que necesitaban agua.
Toqué el timbre. Nadie contestó, por supuesto. El estudio llevaba cerrado desde que me fui a Dubái.
Metí la llave en la cerradura.
Giró con un chirrido familiar. Un sonido que no era electrónico. Era mecánico. Real.
Empujé la puerta.
El frescor del portal me envolvió. Olía a cera de suelos y a la comida de la vecina del primero.
Subí las escaleras.
No había ascens