31. Cerca de su felicidad
La calculadora mirada de Gerardo no se aparta de Altagracia. En medio de éste caos en el que ella misma ha creado, y él ha sido el culpable de esto, Altagracia sólo piensa en lo primero que se le viene a la cabeza para no ponerse la soga al cuello.
—Conocí a Altagracia —exclama repentinamente—. No quería más el anillo porque alguien la dejó plantada en el altar y quería que lo botara o lo vendiera. Fin. Largo de mi oficina —Altagracia se da la vuelta para rodear el escritorio—, vete de mi oficin