—No podría, no tienes la culpa de nada, cariño.
Hana sonrió cuando un sentimiento de calidez y felicidad desbordó en ella. Por primera vez en mucho tiempo se encontraba auténticamente alegre, amada y protegida. Por años había plasmado en sus labios sonrisas que podían ser fingidas o no, pero se sentía bien sonreír de verdad, sonreír porque realmente sentía una felicidad indescriptible que no podía reprimir. Una sonrisa brillante que Adrien fue feliz de ver.
—No quiero ser egoísta. —Hana, con la