Parte II.- Desprecio.

Escuche pasos, luego gritos y sollozos… El bosque se llenaba de miedo y desesperación al mismo tiempo que el fuego devoraba poco a poco las ramas secas de los árboles.

Mi respiración seguía agitada, aún no podía controlar del todo este cuerpo. La garganta me ardía por el humo y el sudor me escurría por la frente y me lastimaba los ojos.

Otro grito. Esta vez más cerca.

—¡Entraron al bosque! —gritó alguien.

Los pasos se acercaban. Se escuchaban entre las hojas y ramas pisoteadas.

Un grupo de hombres armados cruzó entre los árboles. Tenían armaduras ligeras, maltratadas por el uso, y todos llevaban espadas o hachas en la mano. Uno de ellos arrastraba a un hombre por el pie para después arrojarlo a una torre de cuerpos que estaban envueltos por las llamas.

Estaban organizados, pero no eran soldados. Los vi reírse entre ellos mientras daban caza a los aldeanos. No pedían nada, solo se divertían. Eran mercenarios.

Me aleje lo más que pude y me dispuse a esperar a que todo se calmara, pero el silencio no volvió. Seguían los gritos, las macabras risas, y las columnas de humo no cesaban. Me incorporé con cuidado. Tenía que seguir.

Pero al dar un paso, el pie me falló. Me apoyé en el tronco y sentí el calor en la palma… Me miré la mano, una llaga se había abierto y la sangre comenzó a brotar. Al verla comencé a temblar y la visión se nubló por un segundo.

Y entonces volvió a pasar.

Un sonido sordo. Como si el mundo entero se hundiera en el agua.

Y el bosque desapareció.

Estaba en una sala amplia. Reconocía el olor a madera vieja y a un poco de humedad.

Una chimenea crujía al fondo.

A mi lado había una enorme mesa. Encima había varias espadas, hachas de guerra, martillos y escudos. Estaba en la sala de armas de mi padre.

Yo estaba de pie, con el rostro empapado de sudor. Mis brazos temblaban, incapaces de seguir levantando el enorme martillo de guerra que apretaba con todas mis fuerzas. No podía tener más de diez años.

—¿Eso es lo mejor que puedes hacer? —dijo una voz detrás de mí.

La reconocí al instante, giré, y ahí estaba él.

Alto. Imponente. Con la mirada dura como piedra. Era Gideon, mi padre.

El evitaba llamarme por mi nombre. Casi no gritaba, pero siempre hablaba firme y con orgullo. Sin tentarse el corazón. Haciendo menos a todos a su alrededor, en especial, a mí.

—¿Cuánto tiempo piensas seguir siendo un maldito desperdicio?

Solo pude agachar la cabeza. Apretaba los puños con fuerza y contenía las lágrimas. No respondí. Solo… Solo podía escucharlo.

Era tan extraño, podía ver y sentir todo lo que Aldric alguna vez sintió como si fuera en carne propia.

Lo sentía todo. Sentía su rabia contenida, su miedo, esa horrible mezcla asfixiante de odio y deseo de ser reconocido.

—¿Qué clase de hombre no puede ni alzar el martillo sin llorar como una niña?

La voz de Gideon retumbó en mi cabeza como un tambor, aprete los puños y le lance una mirada de odio. Incrédulo, Guideon levanto su pesado pie y de una patada en el pecho me lanzo por los aires hasta que la pared me detuvo. El martillo callo pesadamente haciendo un gran estruendo.

Quise levantarme, pero el oxígeno comenzó a faltarme.

—¡Levantate! — grito iracundo, mientras se acercaba y me levantaba jalándome del cabello. — No te atrevas a mirarme de esa forma… — susurro en mi oído con veneno en cada palabra. — Eres igual que ella…

Me soltó y caí de rodillas. Rápidamente me lleve los brazos al abdomen, intentando desesperadamente tomar una bocanada de aire. Cuando por fin pude respirar, levanté ligeramente la cabeza y noté algo extraño, algo que tal vez no noté en ese instante.

Guideon me dirigió una mirada antes de salir de la sala. Pero estaba tenso. Esperaba ver los ojos de un monstruo, pero no fue así. Eran los de alguien que buscaba desesperadamente respeto, y la única forma en que podía conseguirlo era exigiéndolo, imponiendo su fuerza a otros.

No era solo crueldad… era miedo. Miedo de que su hijo se pareciera demasiado a su madre.

El recuerdo se quebró como un espejo.

Volví a mí con un jadeo. Estaba en el suelo, apoyado contra un tronco. Llevé la mano cortada a mi pecho para evitar que siguiera sangrando y seguí caminando.

La rabia aun me quemaba en el pecho. Pero no era mía. No del todo.

Era suya. De Aldric.

Y ahora no podía evitar sentirla como propia.

No sabía cuánto tiempo llevaba avanzando, pero el cuerpo no daba para más.

El brazo izquierdo me ardía y mi pecho subía y bajaba como si se fuera a romper si dejaba de respirar. Caminaba con dificultad con una mano presionando la herida de la palma, y al mismo tiempo intentando mantenerme alerta de los ruidos que aun salían de entre los árboles.

Entonces, escuché una rama crujir. Y luego otra.

Me detuve en seco. Los vi.

Tres mercenarios venían en mi dirección, a solo unos pasos de mí. Uno de ellos sostenía una antorcha, los otros llevaban espadas con las hojas manchadas de sangre fresca. No me habían visto todavía, pero si yo los veía, solo era cuestión de tiempo.

Me giré para cambiar mi trayectoria y alejarme de la suya, pero mis pies se enredaron en una rama. Una de mis rodillas cayo al piso haciendo tanto ruido como un grito seco.

—¡Ahí! — grito el de la antorcha cuando pudo verme entre el mar de ramas secas.

Corrí.

Escuché cómo se lanzaban tras de mí, gritando y empujando las ramas con violencia. La maleza me golpeaba la cara, pero no me detenía. Solo corría. Corría con todo lo que me daba el cuerpo.

Sentí una piedra golpearme en el talón y casi pude escuchar como las raíces del piso confabulaban para hacerme caer. Perdí el equilibrio y caí rodando por una pequeña pendiente. Mi costado se golpeó contra las raíces y el barro, hasta que finalmente me detuve boca abajo, jadeando.

Los pasos bajaban tras de mí.

Uno de los mercenarios se adelantó y se lanzó con la espada por encima del hombro.

Grité y levanté la mano por reflejo intentando protegerme el rostro.

Pero entonces ocurrió.

Una explosión de calor me envolvió la palma. Como un grito en la garganta que anhelaba salir.

Un chorro de fuego salió disparado hacia él.

El hombre gritó. Su espada cayó al suelo y se llevó las manos a la cara mientras retrocedía. El fuego se apagó en el aire, pero el olor a piel quemada quedó flotando.

Los otros dos se detuvieron, dudando por un segundo. Entonces vieron a su compañero que se revolcaba desesperadamente en la tierra con la esperanza de sofocar el fuego, pero fue inútil. Pronto dejo de gritar y después dejo de moverse.

No supe cómo lo hice. Solo... pasó.

Al ver que aquellos hombres dieron un paso atrás, me puse de pie y corrí de nuevo.

Avancé varios metros antes de detenerme en una zona más cerrada del bosque. Las raíces sobresalían como trampas y los árboles se apretaban unos contra otros.

Me escondí bajo una saliente de piedra, respirando como si mis pulmones fueran a reventar. Mi mano temblaba.

Podía usar magia. Él sabía usarla.

Era algo que Aldric ya conocía… algo que su cuerpo había hecho tantas veces que ahora salía por reflejo.

Cerré los ojos. El calor aún me quemaba la palma.

Y entonces… otro recuerdo asalto mi mente. Sin aviso, solo el intenso dolor y luego todo se hizo negro.

Estaba en una habitación oscura.

Había una lámpara flotando a media altura, sostenida por un hechizo. La luz era tenue, cálida. Me encontraba frente a una mujer de cabello dorado acomodado detrás de unas curiosas orejas puntiagudas, sentada en el suelo con las piernas cruzadas.

De nuevo era Aranis, mi madre.

Su rostro se iluminaba con suavidad mientras sonreía con dulzura.

—Concéntrate… No en tus manos, sino en el pecho —decía. — Respira, sostenlo…

Yo tenía ambas manos extendidas. Intentaba hacer flotar una pequeña esfera de agua frente a ellas.

—¿Así? —pregunté, dudando.

Ella asintió. Me miró como si no existiera nada más en el mundo. Orgullosa, llena de amor.

—Muy bien… ahora no tengas miedo. Si no funciona, lo volvemos a intentar. No importan las veces que sean necesarias, ¿de acuerdo?

Su sonrisa era tan tranquila… tan suave.

Pero entonces, la puerta se abrió de golpe.

La esfera cayó al suelo y se deshizo en un charco.

Era Guideon.

Su presencia llenó la habitación. Aranis bajó la mirada al instante.

—Ya te lo he dicho. —dijo él sin levantar la voz. Paso haciendo a un lado a mi madre y me jalo del brazo. — Tienes prohibido usar esa… magia. — termino con un dejo de desprecio.

Ella quiso decir algo, pero antes de que siquiera pudiera completar una palabra, Guideon la abofeteo. Tan fuerte que cayó al suelo.

—¡Mamá! — grite asustado.

Aranis se puso de pie rápidamente al escucharme, pero no dijo nada. No discutió. No dijo una sola palabra. Solo se encogió ante aquel hombre que ni siquiera tuvo el valor de mirarla al abofetearla.

Y aun así… me sonrió antes de que la puerta se cerrara.

Una sonrisa pequeña, casi invisible.

Pero seguía ahí.

Volví a abrir los ojos.

La piedra estaba fría y lastimaba mi espalda. Me levanté, mis piernas temblaban, pero seguí caminando.

Solo di un par de pasos y sentí de nuevo aquel dolor tan intenso en mi cabeza. Solo pude maldecir mi suerte, estos malditos recuerdos se estaban haciendo cada vez más frecuentes. 

Esta vez era casi como estar en el presente, todo el cuerpo me dolía, y podía ver como la sangre y el sudor se escurrían por mi rostro. Estaba arrodillado, con ambas manos en el frio piso de piedra de la sala de armas.

—¡Levantate! — gritaba mi padre.

Me incorpore y levante mi espada. Aquel hombre de por si era enorme, pero en ese instante lo veía como si fuera una montaña viviente a pesar de que podía sentir que ya estaba en mi adolescencia. Sin darme oportunidad de ponerme en guardia, agito el enorme martillo que cargaba con una mano como si de una cuchara se tratase.

Como pude di un salto hacia atrás para evitar el impacto, pero la espada se me escapo de las manos.

—¡No! — grito de nuevo mientras se acercaba iracundo. — ¡Jamás sueltes tu arma! 

Entonces agito nuevamente el martillo y esta vez me alcanzo el costado. No pude protegerme y él no se contuvo. El metal se abrió paso y rompió la endeble armadura de cuero que llevaba. Sentí como mis huesos se rompían, el dolor me arranco un desgarrador grito. Pero ni eso lo detuvo, otro golpe en las piernas me hizo caer.

Aun tenía mis manos en mis costillas cuando paso, así que no pude sostenerme. Mi quijada se golpeó contra el piso y sentí que perdía el conocimiento.

—¡Levántate! — grito de nuevo. Lo escuche lejano, casi como un eco.

Pero una patada en mis costillas rotas basto para recuperar la conciencia al instante por el intenso dolor.

Grité con todas mis fuerzas. Instintivamente intenté huir arrastrándome por el piso, pero no pude levantarme, miré a todos lados, adolorido, aterrado y entonces la vi. Aranis, mi madre, estaba en la puerta observando, mientras lloraba.

—¡Mamá! ¡Ayúdame! — grité desesperado, asustado, pero ella no se movió. Solo se cubrió el rostro con las manos y siguió llorando.

En ese momento sentí cómo se quebraba algo dentro de Aldric. Aquel amor que sentía por su madre se fracturó irremediablemente, y el veneno del odio y el desprecio lo envolvió lentamente.

Un par de minutos después Guideon se cansó de gritar y salió hecho una furia de la sala de armas.

En cuanto salió Aranis se arrojó sobre mí.

Un destello verde inundó la habitación y poco a poco el dolor disminuía.

Pasados unos segundos Aranis se detuvo. Se sentó en el piso y me puso entre sus brazos. Lentamente acaricio mi cabello mientras sentía sus lágrimas caer en mi frente.

—Mamá… Me duele... — alcance a decir con dificultad.

Pero ella solo lloro.

—Lo siento... Lo siento tanto — dijo entre lágrimas. — Pero no puedo curarte más... Si él se da cuenta...

Ella me abrazo con cuidado mientras lloraba de dolor, arrepentimiento y de impotencia.

Pero yo... Aldric... Solo sentía desprecio.

Desprecio por su padre que lo lastimaba sin piedad, pero igual por su madre que lo permitía. Ese sentimiento tambien me envolvió profundamente y de nuevo me devolvió a la realidad.

Esta vez no quise levantarme. Estos ataques o lo que sea que fueran me asaltaban con cada vez más frecuencia y yo no quería sentirlo más.

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