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Parte I.- A punto de estallar.

Lo primero que sentí fue el dolor. Fuerte, agudo, como si alguien hubiera reconstruido cada parte de mi cuerpo a base de golpes.

Quise respirar, pero el aire era espeso, y ardía intensamente. El olor a humo, madera quemada y sangre se me metió por la nariz como una bofetada. Tosí con fuerza y me cubrí el rostro con el antebrazo, intentando filtrar el aire sin éxito.

Abrí los ojos con dificultad. Me ardían.

Frente a mí, un cielo gris y sucio se extendía hasta el horizonte como una manta de ceniza. Columnas de humo se elevaban por todas partes, cortando el aire como lanzas negras.

Me moví con esfuerzo, apoyando las manos en el suelo. Era tierra suelta mezclada con ceniza, piedras y astillas que se clavaban en la piel con cada movimiento.

Entonces escuché un grito. A lo lejos.

Después, el rechinar de espadas.

Giré la cabeza de inmediato, y fue entonces que lo vi: una ciudad envuelta en llamas, con murallas ennegrecidas y casas distorsionadas por el fuego que se alzaban como sombras deformes.

Era Ironhelm.

No sabía cómo lo sabía… Simplemente lo supe.

Y en ese instante la cabeza me comenzó a doler, casi como si ese recuerdo cobrara vida y tratara de forzar su camino a la superficie.

Ironhelm… la ciudad donde crecí.

O donde él creció.

Aldric… ¿ese era mi nombre ahora?

Miré mis manos. Temblaban. Estaban cubiertas de sangre seca, tierra, rasguños y golpes en los nudillos. No reconocía este cuerpo, pero algo en mí comenzaba a asumirlo como propio.

Caminé con torpeza hacia un riachuelo cercano. Me arrodillé y me asomé al agua, esperando encontrar alguna pista.

El reflejo era difuso, pero poco a poco vi una cara joven, con barba incipiente, ojos verdeazulados, cabello largo y desarreglado de un tono rubio cenizo. Era un rostro llamativo, si… pero desconocido.

Una nueva explosión sacudió el suelo, esta vez más cerca. Trozos de madera y piedra volaron por los aires. Me agaché por instinto y miré hacia el origen del estruendo.

Una parte de la muralla había colapsado.

El polvo apenas se asentaba cuando un hombre apareció corriendo entre los escombros. Gritaba y sollozaba asustado, parecía querer escapar de algo, o de alguien con desesperación.

Vestía una armadura dañada, y aunque no me vio —o no le importó—, cayó a solo unos metros de mí con una flecha enterrada en la espalda.

Detrás de él, varios soldados con las mismas armaduras y otras personas que no parecían soldados salieron gritando. Pasaban a mi lado, sin prestarme la más mínima atención. Solo pude hacerme pequeño esperando que nadie tropezara conmigo. Pero poco después un grupo de mercenarios salió del humo persiguiéndolos.

Iban armados, gritando como salvajes, como si fueran más bestias que hombres.

Me levanté de golpe y corrí. No sabía si me habían visto, pero el miedo me empujó. Las piernas me respondieron con torpeza al principio, pero pronto recuperé el ritmo. Era joven, y a pesar de la complexión delgada, este cuerpo estaba bien entrenado.

El bosque me envolvió con rapidez. Las ramas me arañaban la cara, las raíces parecían querer atraparme, pero no paré. Seguí corriendo. No pensaba, solo me movía.

Y entonces, ocurrió.

Algo dentro de mí se quebró. Como una cuerda que se estira demasiado… y de pronto se rompe.

Un zumbido me atravesó la cabeza. Todo giró. Y cuando volví a abrir los ojos, ya no estaba en el bosque.

Estaba en un pasillo. Largo, con paredes de piedra pulida. Luces cálidas colgaban de las paredes. Alfombras viejas crujían bajo mis torpes pasos.

Y frente a mí, una mujer.

—¿Aldric? —dijo con voz suave, casi como un susurro.

Estaba arrodillada, con los brazos abiertos. Y yo… era un niño. Lloraba y sentía una enorme necesidad de abrazarla.

Corrí hacia ella, tambaleándome con torpeza hasta que me lancé en sus brazos. Ella me alzó con fuerza y me apretó contra su pecho. Olía a lavanda. Su cabello rozaba mi rostro como seda. Su voz sonaba tranquila, como si temiera lastimar mis oídos.

—Ya pasó, mi amor… ya pasó.

Su sonrisa era hermosa, grande y cálida. Tan pura y llena de ternura que habría derretido a cualquiera.

Pero sus ojos…

Estaban hinchados. Cansados.

Y brillaban con una tristeza que no sabía esconderse.

El recuerdo se desvaneció sin aviso, como si alguien hubiera cortado una fotografía a la mitad.

Y entonces desperté.

Volteé a mi alrededor, asustado, jadeando, con el corazón acelerado, a punto de estallar, y me di cuenta de que estaba de nuevo en el bosque.

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