El lamento fúnebre de las campanas de la mezquita real entraba por las altas ventanas de arco como un eco de ultratumba. Zaid había muerto. El hombre con el que mi padre había firmado mi sentencia de vida en un trozo de papel ya no respiraba, y el reino entero se había cubierto de negro. Sin embargo, en este palacio de víboras, la muerte no traía paz, sino nuevas y más retorcidas cadenas.
No tuve tiempo de procesar el luto ni la extraña libertad que suponía la viudez. La noticia me fue entregad