Mundo ficciónIniciar sesiónEl lamento fúnebre de las campanas de la mezquita real entraba por las altas ventanas de arco como un eco de ultratumba. Zaid había muerto. El hombre con el que mi padre había firmado mi sentencia de vida en un trozo de papel ya no respiraba, y el reino entero se había cubierto de negro. Sin embargo, en este palacio de víboras, la muerte no traía paz, sino nuevas y más retorcidas cadenas.
No tuve tiempo de procesar el luto ni la extraña libertad que suponía la viudez. La noticia me fue entregada como un balde de agua helada por las sirvientas: antes de que el cuerpo de mi difunto esposo fuera siquiera entregado a la tierra, el consejo de ancianos y el príncipe regente habían sellado mi destino. Cem me había reclamado. Amira Al-Fayed ya no era la viuda confinada; ahora era, por decreto absoluto y prisa política, la segunda esposa del Lobo.
Me encontraba sentada en el borde de la cama, rodeada por los restos de los frascos de perfume que había destrozado días atrás. Mi cuerpo estaba terriblemente débil. Las fuerzas me abandonaban a cada minuto; la cabeza me daba vueltas y un sudor frío me perlaba la frente, obligándome a sostener el colchón para no desplomarme. La falta de alimento de los últimos tres días me pasaba factura, pero la verdadera razón de mi declive físico era un secreto que guardaba con un terror que me paralizaba el corazón.
Estaba embarazada.
Lo sabía. Lo sentía en las náuseas matutinas que me desgarraban el estómago, en el dolor de mis pechos y en ese mareo constante que me hacía perder el equilibrio. Pero no podía admitirlo. No podía decírselo a nadie, y mucho menos a Cem tras las brutales amenazas que me había lanzado en el pasillo. «Espero por el bien de tu alma que esa criatura sea del Lobo», me había dicho con los ojos inyectados en celos enfermizos, amenazándome con las tumbas subterráneas si el hijo era de su hermano. En su mente desquiciada por el poder, la duda y el miedo lo dominaban. Si admitía mi estado ahora, en medio del luto de Zaid, el consejo de ancianos usaría mi vientre como un trofeo de estado o me acusaría de adulterio. Tenía que callar, tragarme el secreto y rezar para que mi cuerpo resistiera la tormenta que se avecinaba.
La pesada puerta de mis aposentos se abrió de par en par, interrumpiendo mis pensamientos.
Layla entró con la altivez de una deidad vengativa, vestida con sedas oscuras de luto que contrastaban con la palidez de su rostro maquillado con precisión. Detrás de ella, cuatro sirvientas corpulentas cargaban bandejas de plata con aceites de unción, hilos de oro y telas transparentes que olían a un jazmín espeso y asfixiante.
—Levántate, segunda esposa —siseó Layla, arrastrando las palabras con un desprecio que me erizó la piel.— La tradición del harén exige que la primera esposa prepare a la nueva novia para su noche de bodas oficial. Llegó el momento de ver qué mercancía ha comprado mi esposo para su lecho.
Las sirvientas se abalanzaron sobre mí sin la menor delicadeza. Con movimientos bruscos, me arrancaron la túnica ligera de lino blanco, dejándome completamente desnuda en medio de la habitación, bajo la luz mortecina de la tarde.
La humillación fue un golpe más doloroso que cualquier azote. Sentirme expuesta, desprotegida y vulnerable ante los ojos calculadores de la mujer que me odiaba con toda su alma me hizo temblar de pura vergüenza y rabia. Intenté cubrirme con los brazos, pero Layla hizo una seña y las sirvientas me sujetaron las muñecas, obligándome a permanecer erguida, mostrando la delgadez de mi cuerpo y, sobre todo, las marcas de mi calvario.
Layla caminó lentamente a mi alrededor, inspeccionando mi piel como quien examina a un animal de carga en el mercado. Se detuvo detrás de mí, y escuché su jadeo de satisfacción fingida al fijar la vista en mi espalda.
—Vaya… cuatro azotes perfectos —murmuró, extendiendo un dedo enjoyado para rozar el borde de una de las costras de sangre fresca, haciéndome jadear de dolor.— Una marca de disciplina para una latina que no sabe usar el velo. Cem me amenazó con cortarme las manos si te volvía a tocar, pero no necesito usar la fuerza cuando la ley de la Sharía me otorga el control absoluto de tus días.
Se plantó frente a mí, cruzando los brazos, obligándome a sostenerle la mirada mientras las criadas comenzaban a verter el aceite frío sobre mis hombros, frotando mi piel con una brusquedad que pretendía ser un castigo encubierto.
—Escucha bien las reglas de esta casa, Amira, porque no pienso repetirlas —sentenció Layla, su voz resonando con la frialdad de las piedras del desierto.— Podrás haber conseguido un contrato matrimonial con el regente, pero tu vida me pertenece en estos pasillos. A partir de hoy, las noches de Cem están estrictamente divididas por la balanza de la ley. Él está obligado a tratarnos con absoluta justicia e igualdad. Una noche será para mí, la Gran Sultana, y la siguiente será para ti. Ni una hora más, ni un favor menos. Si él intenta quedarse en tu cama una noche que me corresponde, yo misma lo denunciaré ante el consejo y el gran muftí. Serás la sombra de mis días, latina, y morderás el polvo cada vez que recuerdes tu lugar.
Mientras el veneno de sus palabras me golpeaba los oídos y las manos de las sirvientas tiraban de mi cabello para trenzarlo con hilos de oro, yo simplemente cerraba los ojos. Los cerraba con fuerza, intentando aislarme del dolor físico de mi espalda y de la humillación de mi desnudez. Me concentraba en el latido sutil que imaginaba en mi vientre, repitiéndome a mí misma que tenía que sobrevivir, que no podía quebrarme frente a ellas, que mi silencio era la única arma que me quedaba para proteger la vida que crecía en mi interior.
Tras lo que pareció una eternidad de tortura psicológica, las criadas terminaron de vestirme. Me colocaron una túnica de seda blanca tan fina que era prácticamente transparente, dejando ver las marcas rojas de los azotes en mi espalda y la silueta de mi cuerpo debilitado. Me enjoyaron los tobillos con pesadas cadenas de oro que tintineaban con cada uno de mis pasos vacilantes, recordándome mi estatus de prisionera de lujo.
Layla me miró una última vez, con una sonrisa de pura malicia en los labios, satisfecha del estado de debilidad en el que me dejaba.
Fue en ese momento cuando el ambiente de la habitación cambió de golpe. Desde el pasillo exterior, se escuchó el eco firme, pesado y militar de unas botas caminando sobre el mármol. El sonido de los cerrojos de la puerta al descorrerse resonó en el silencio como un disparo. El Lobo había llegado a reclamar su contrato.
Layla dio un paso hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y se giró hacia mí, clavándome sus ojos de serpiente con una advertencia final.
—Escucha los sonidos de la puerta, Amira —siseó, su voz cargada de un odio visceral.— Si fuiste tan astuta para seducir a Cem en Occidente y arrastrarlo a cometer este sacrilegio por ti, ahora te toca atender las consecuencias. Entra a esa cama y enfréntate al monstruo que tú misma creaste, porque este matrimonio no será tu salvación, sino el principio de tu ejecución.
Las puertas se abrieron por completo, y la silueta imponente de Cem, vestido con su abaya negra de luto, recortó el umbral, trayendo consigo el aroma a peligro, sándalo y la tormenta que estaba a punto de estallar entre los dos.







