Mundo ficciónIniciar sesiónLa tensión magnética en medio del canal artificial era casi palpable, una cuerda invisible que se tensaba más y más con cada segundo que nuestras miradas permanecían ancladas bajo el manto del desierto. Cem dio un paso lento hacia adelante, desestabilizando levemente la pequeña embarcación de nácar y madera tallada. El agua lamió los costados del bote en un susurro rítmico, un eco suave que parecía advertirnos del abismo al que estábamos a punto de saltar una vez más. Su rostro se inclinó, acortando la distancia con una lentitud tortuosa, sus ojos fijos en mis labios descubiertos, buscando reclamar el espacio que su propio orgullo le obligaba a negar de día.
Iba a besarme. Podía sentir el calor abrasador de su aliento mezclándose con el aire frío de la madrugada, un presagio del fuego que siempre estallaba cuando nuestras pieles se encontraban. Pero justo cuando la punta de su nariz rozó la mía, un Destello brillante cruzó el firmamento.
—¡Mira! ¡Una estrella fugaz! —exclamé, mi instinto latino y espontáneo ganándole por completo al protocolo gélido del palacio.
Olvidando por completo que nos encontrábamos a bordo de un bote estrecho y sumamente inestable en medio de un lago profundo, me levanté de golpe, estirando el cuerpo y señalando hacia la inmensidad del cielo nocturno. Mi movimiento fue tan rápido y abrupto que el centro de gravedad de la embarcación se perdió en un segundo.
El bote se ladeó violentamente hacia la izquierda. Cem, con los ojos abiertos por la sorpresa, intentó atraparme por la cintura para equilibrarnos, pero ya era demasiado tarde. El impulso nos arrastró a ambos por el borde y, con un estruendo que rompió la paz de la noche, caímos de cabeza al agua.
El impacto del agua fría me golpeó como una bofetada, sumergiéndome por completo en la oscuridad del canal artificial. El pánico me oprimió el pecho de inmediato. El peso de mi bata de seda blanca, ahora completamente empapada, se sentía como si tuviera cadenas de plomo atadas a las piernas, arrastrándome hacia el fondo. Salí a la superficie chapoteando con desesperación, tragando un bocado de agua y soltando un grito ahogado.
Esperé lo peor. Mi mente, acostumbrada ya a la rigidez implacable del futuro Sultán, se preparó para recibir una reprimenda feroz. Pensé que Cem saldría del agua rugiendo de furia, con los ojos inyectados en sangre, reclamándome por mi torpeza, por haber arruinado su túnica ligera y por poner en riesgo la seguridad de su escape secreto. Pensé que el Lobo volvería a mostrar sus colmillos.
En lugar de eso, un sonido profundo y melodioso vibró en la superficie del agua.
Cem emergió a unos pocos centímetros de mí, apartándose el cabello oscuro y mojado de la frente con un movimiento de la mano. Y entonces, hizo algo que jamás lo había visto hacer desde que pisé este maldito reino: se rió. No fue una mueca irónica ni una sonrisa de suficiencia; fue una carcajada limpia, ronca y genuina que resonó en la quietud de la madrugada. El reflejo de las estrellas bailaba en sus ojos de obsidiana mientras su pecho musculoso subía y bajaba, divertido por el absurdo de la situación. La rigidez dinástica del palacio se había ahogado en el fondo del lago.
—¡Ayúdame! ¡Cem, por favor! —exclamé entre jadeos, chapoteando de forma errática mientras me hundía de nuevo—. ¡No sé nadar! ¡No sé nadar!
Al escuchar mi confesión, su risa se cortó de inmediato, siendo reemplazada por el instinto del protector definitivo. Con dos brazadas potentes y perfectas, Cem acortó la distancia entre nosotros. Sus brazos grandes y calientes rodearon mi cuerpo por debajo de las axilas, sosteniéndome con una firmeza inquebrantable que me devolvió el alma al cuerpo.
Me aferré a él como un náufrago a su única balsa. Enredé mis brazos alrededor de su cuello y apoyé mi espalda y mi pecho contra su torso desnudo bajo el agua, buscando su calor mientras mis piernas se enlazaban con las suyas para mantenerme a flote. El contacto de nuestras pieles mojadas envió una corriente eléctrica directo a mi vientre. Podía sentir el calor de su cuerpo contrarrestando el frío del lago artificial, la firmeza de sus músculos sosteniendo todo mi peso sin el menor esfuerzo.
—Tranquila, Mariposa. Te tengo —susurró contra mi oído, su voz ronca vibrando directamente en mi piel húmeda—. No voy a dejar que te hundas. Sostente de mí.
Apoyé mi barbilla en su hombro, temblando levemente, no sé si por el frío del agua o por la cercanía abrumadora de su cuerpo. Permanecimos así durante unos minutos, flotando en medio del espejo de agua que reflejaba el firmamento, aislados del mundo, del harén y de las leyes de los hombres. Cem levantó mi rostro con suavidad, tomándome del mentón con sus dedos húmedos, obligándome a mirarlo. Sus ojos recorrieron mis facciones mojadas, deteniéndose en mis labios que tiritaban levemente.
Sin previo aviso, me besó. Fue un beso completamente diferente a los anteriores; no había la furia de las celdas ni la posesividad violenta del banquete. Fue un beso pausado, profundo, que sabía al agua pura del lago y al deseo estancado que nos consumía a ambos. Su lengua se abrió paso con una lentitud que me hizo soltar un gemido ahogado dentro de su boca, mientras sus manos bajaban por mi espalda mojada, acariciando las curvas de mi cuerpo a través de la seda transparente de la bata empapada.
Cuando se separó apenas unos milímetros, sus labios siguieron rozando los míos mientras miraba hacia el cielo estrellado.
—Mira hacia arriba, Amira —susurró, su aliento caliente siendo mi único refugio—. Olvídate del palacio. Olvídate de la Sultana y de las deudas de tu padre. Esta noche no hay súbditos, no hay consejo, no hay corona. Esta noche estamos solo ellos… y nosotros. Solo tú y yo en medio del desierto.
—Aquí no, Cem… —alcancé a articular en un hilo de voz, mirando de reojo el agua oscura que nos rodeaba, el miedo a lo desconocido y la inmensidad del lago haciéndome dudar—. En el agua no… tengo miedo de hundirme.
Cem soltó un gruñido ronco y, en lugar de responder, se inclinó y me mordió el labio inferior con una suavidad tortuosa, un tirón sutil que me hizo jadear de placer y aferrarme más a sus hombros de acero.
—Te dije que mientras estés conmigo, no tienes nada que temer —sentenció.Con movimientos potentes, Cem me guió nadando hacia el costado del bote, que flotaba pacíficamente a unos metros de distancia. Sosteniéndome por la cintura, me impulsó hacia arriba con su fuerza bruta, ayudándome a subir de nuevo a la embarcación. Caí sobre la madera tallada, jadeando y temblando, la bata de seda blanca pegada por completo a mi cuerpo, volviéndose totalmente translúcida bajo la luz de la luna, revelando la redondez de mis pechos, la línea de mi cintura y la marca morada que él mismo había dejado en mi hombro horas antes.
Cem subió al bote justo después, con la gracia de un depredador que regresa a su territorio. No esperó a que el frío de la madrugada nos apagara el fuego. Se arrodilló entre mis piernas abiertas en el suelo del bote, sus ojos de obsidiana fijos en la visión de mi cuerpo desnudo a través de la tela mojada.
Sus manos bajaron hacia el borde de mi bata empapada y empezaron a deslizarla con lentitud, quitándome la ropa húmeda que cayó a un lado del bote en un susurro pesado. Quedé completamente desnuda ante él bajo el manto de millones de estrellas, expuesta al aire frío del desierto, pero el calor que desprendía el cuerpo de Cem borró cualquier atisbo de frío. Se deshizo de lo que quedaba de su propia ropa y se posicionó sobre mí, atrapando mis muñecas con sus manos grandes, clavándolas suavemente a los lados de mi cabeza.
Esta vez, no hubo la prisa violenta de la celda. Esta vez, era lento. Una tortura deliciosa y erótica que pretendía estirar cada segundo de la noche eterna.
Cem entró en mí con una parsimonia deliberada, un empuje firme, profundo y pausado que me obligó a arquear la espalda contra la madera del bote, soltando un grito que se ahogó en la inmensidad del lago.
—¡Cem…! —gemí fuerte, mi voz quebrándose bajo el peso de una intensidad que me sobrepasaba.Comenzó a moverse con un ritmo pausado, casi místico, cada embestida calculada para hacerme sentir el verdadero peso de su posesión. Con cada movimiento, mis uñas se clavaban con desesperación en los músculos de su espalda de acero, dejando líneas rojas que brillaban bajo la luz de la luna, marcas de una latina que se negaba a ser sumisa pero que se entregaba por completo al único hombre que lograba encenderla de esa manera. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando y mis gemidos constantes rompieron la paz del canal artificial, elevándose hacia el firmamento como un sacrificio prohibido.
Cem jadeaba contra mi oído, sus labios recorriendo mi cuello, mi clavícula y deteniéndose a lamer la marca de su mordisco en mi hombro, recordándome a cada segundo que mi cuerpo le pertenecía bajo las estrellas. El erotismo de la lentitud nos llevó al borde de la locura; cada caricia, cada roce de su piel mojada contra la mía y el balanceo suave del bote sobre las aguas del lago creaban una sinfonía de placer crudo que parecía no tener fin. Éramos dos pecadores flotando en medio de un imperio que nos quería colgar, unidos por un lazo de sangre, arena y un deseo destructivo que ninguno de los dos quería apagar.
Cuando el clímax finalmente nos alcanzó, no fue una explosión violenta, sino una ola gigante y profunda que nos sumergió a ambos en un éxtasis eterno. Gemí con todas mis fuerzas, enterrando mis uñas en su espalda una última vez mientras mi cuerpo temblaba en espasmos repetidos bajo el suyo, y Cem soltó un rugido ronco, hundiéndose en mi interior por completo, sellando nuestro pacto secreto bajo la mirada fija de las estrellas del desierto, las únicas testigos de que ya tenía un único dueño en la oscuridad.







