cap 13

La humedad de la celda parecía evaporarse ante el calor sofocante que desprendían nuestros cuerpos. Las palabras de Cem, cargadas de una autoridad que no admitía réplicas, quedaron flotando en la penumbra del calabozo como un decreto inquebrantable. Yo asentí lentamente. No fue un acto de sumisión cobarde, sino la tregua de una guerrera que entendía que, para sobrevivir en este nido de víboras, el único escudo real que tenía era el hombre que me mantenía acorralada contra la piedra.

Al ver la aceptación en mis ojos, la rigidez en las facciones de Cem cedió milímetros, transformándose en una urgencia que rozaba la locura. Sus manos, grandes y callosas, descendieron por mis hombros con una brusquedad que me hizo contener el aliento. Sin romper el contacto visual, atrapó los jirones del vestido andrajoso que aún colgaba de mi cuerpo y, con un tirón certero, terminó de desgarrar la tela. El crujido de los hilos rompiéndose resonó en el silencio de la prisión. Me despojó de cada capa, de cada rastro del harén, hasta dejarme por completo al descubierto ante sus ojos de obsidiana.

Cem se quitó la pesada túnica que quedaba a sus pies y la extendió sobre el suelo polvoriento y frío de la celda, creando un improvisado lecho de seda oscura y bordados de oro. Me tomó por las caderas con una firmeza implacable, levantándome en vilo para acostarme con cuidado sobre el tejido. El contraste fue inmediato y violento: la suavidad de la seda real bajo mi espalda y, justo debajo, la rigidez implacable de la piedra subterránea.

Él se posicionó sobre mí, apoyando las palmas de sus manos a ambos lados de mi cabeza. Su torso desnudo, cruzado por cicatrices que brillaban tenuemente bajo la luz de la antorcha filtrada, subía y bajaba con una respiración pesada. El aroma a sándalo y sudor limpio me envolvió, borrando el olor a encierro que me había atormentado durante las últimas cuarenta de ocho horas.

Fue en ese instante de relativa quietud, mientras él me recorría con una mirada que parecía querer marcar cada centímetro de mi piel, cuando el veneno de la duda que me había estado carcomiendo durante los dos días de aislamiento brotó de mis labios. La imagen de la Gran Sultana, hermosa, soberbia y enjoyada en el harén, regresó a mi mente como una bofetada.

—Cem… —mi voz sonó baja, áspera por la falta de agua, pero cargada de una dignidad latina que ninguna celda podía quebrar. Él detuvo su avance, entornando los ojos—. Estos dos días que me dejaste aquí encerrada, a oscuras, tratada como una criminal por salvar la vida de un sirviente… ¿te acostaste con ella? ¿Estuviste en la cama de la Sultana mientras yo me congelaba en este suelo?

El rostro de Cem se transformó de inmediato. La mandíbula se le tensó tanto que los músculos de su cuello parecieron convertirse en cuerdas de acero. Una ráfaga de orgullo y frialdad dinástica cruzó sus ojos.

—No es tu asunto, Amira —respondió con una voz gélida, cortante, que pretendía imponer la distancia que el protocolo exigía fuera de estas paredes—. Lo que ocurra en los aposentos reales del Sultán regente no es algo que una mujer de la línea menor deba cuestionar.

—¡Sí es mi asunto! —siseé, intentando incorporarme, pero él usó su peso para mantenerme inmóvil contra la túnica—. No soy una de tus siervas, Cem. Si vas a reclamar mi cuerpo y mi alma bajo tus reglas, no voy a ser el juguete que usas para desahogarte mientras tu esposa legítima gobierna tu palacio de día.

Cem no respondió con palabras. Sus ojos destellaron con una mezcla de furia y una fascinación oscura por mi osadía. En lugar de discutir, comenzó a descender por mi cuerpo, rompiendo la distancia de una manera que me dejó sin defensas. Sus manos bajaron desde mis muñecas hasta mis costillas, apretando la carne con una posesividad salvaje que pretendía borrar mis preguntas.

Bajó la cabeza y comenzó a trazar un camino de besos ardientes y rinden que descendía por mi cuello, recorriendo la clavícula hasta llegar a mis pechos. Su boca atrapó uno de mis pezones, succionando con una fuerza que me obligó a arquear la espalda y soltar un gemido que rebotó en las paredes de piedra. Mis dedos se enterraron de inmediato en su cabello oscuro, abandonando cualquier intento de resistencia. El cuerpo no sabía de contratos ni de esposas legítimas; mi cuerpo solo respondía al estímulo del depredador que me dominaba.

Cem continuó su descenso implacable. Su lengua cálida dibujó una línea húmeda por mi esternón, bajando por las costillas hasta llegar a mi vientre. Sentí la contracción involuntaria de mis músculos cuando su aliento caliente golpeó la piel de mi abdomen. Se detuvo allí un segundo, con las manos firmes sujetando mis muslos, abriéndolos con una lentitud deliberada que me expuso por completo ante él.

Quedó allí, de rodillas entre mis piernas, con el rostro a escasos centímetros de mi coño, que ya brillaba por la anticipación del deseo. El aire en la celda se volvió tan espeso que costaba respirar. Cem levantó la mirada por un instante, conectando sus ojos de obsidiana con los míos. Ya no había rastro de la frialdad del gobernante; solo quedaba el hambre de un hombre obsesionado.

—Escúchame bien, Mariposa —susurró, y su voz ronca vibró directamente contra mi piel íntima, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna—. Nunca en mi vida le he hecho esto a alguien más. En nuestro mundo, un Sultán no se arrodilla ante una mujer. No se rebaja a lamer el placer de nadie. La Gran Sultana jamás ha tenido esto de mí, ni ninguna otra mujer en el harén.

El corazón me dio un vuelco violento. El orgullo árabe era una fortaleza inexpugnable, y el hecho de que Cem, el futuro gobernante de este imperio, estuviera diciendo aquello en el suelo de una celda destruyó la última pizca de mi cordura.

—Eres la primera, Amira —continuó, sus dedos acariciando la parte interna de mis muslos, haciéndome temblar—. Y eres la única que quiero probar. Tu fuego latino me ha emponzoñado la sangre, y si tengo que pecar ante Dios para poseerte por completo, lo haré hasta que no quede nada de ti que no me pertenezca.

No me dio tiempo a responder. Cem bajó la cabeza y pasó su lengua por primera vez sobre mi clítoris.

El impacto me hizo soltar un grito ahogado que fue acallado por el sonido de su propio jadeo. Su lengua era cálida, gruesa y experta, moviéndose con una cadencia que me arrancó de la realidad del calabozo. Empezó a lamer la zona con pasiones largas y profundas, ascendiendo y descendiendo, saboreando mis jugos con una devoción carnal que contrastaba con la brutalidad de sus amenazas anteriores.

Me agarré con desesperación de las telas de su túnica de seda, enterrando mis uñas en los bordados de oro, mientras mi cabeza se movía de un lado a otro sobre el frío suelo. Cem metió las manos debajo de mis glúteos, levantando mis caderas para hundir su rostro aún más en mi intimidad. Su barba de pocos días raspaba la delicada piel de entre mis piernas, un dolor exquisito y erótico que solo aumentaba la intensidad de lo que estaba sintiendo.

—¡Cem… por Dios, Cem! —jadeé, perdiendo el control de mis propios músculos. Mis piernas temblaban, sacudidas por espasmos de un placer que nunca antes había experimentado. La forma en que me lamía, con una mezcla de hambre salvaje y una lentitud tortuosa, me estaba volviendo loca.

Él continuó, imperturbable, ignorando mis súplicas. Introdujo uno de sus dedos largos en mi interior mientras su lengua seguía trabajando mi clítoris con un ritmo implacable. El sonido húmedo de su boca poseyéndome llenó el espacio de la celda, convirtiendo el calabozo en un santuario del pecado más puro. Podía sentir cada contracción de mi centro rodeando su dedo, respondiendo a la promesa de la entrega absoluta.

Estaba atrapada en una red de sensaciones brutales. La frialdad del aire subterráneo golpeaba mi torso desnudo, mientras que mi vientre y mis piernas eran un volcán en erupción bajo el control de las manos del Sultán. Cem me saboreaba como si fuera el agua que tanto había ansiado tras días de sed en el desierto, absorbiendo mi esencia, reclamando cada gota de mi placer como un tributo que solo él tenía el derecho de cobrar.

El clímax comenzó a construirse en el fondo de mi vientre, una ola gigante de electricidad que amenazaba con romperme. Cem lo sintió; la tensión en mis músculos y los jadeos erráticos le indicaron que estaba al límite. En lugar de detenerse o cambiar el ritmo para prolongar la tortura, incrementó la presión de sus lamidas, moviendo su lengua con una rapidez salvaje que me hizo perder el sentido de la orientación.

El mundo estalló. Mi cuerpo se arqueó de forma violenta sobre la túnica de seda, y un grito largo y quebrado escapó de mi garganta, resonando en los pasillos de piedra exteriores. Mis músculos vaginales se contrajeron en espasmos repetidos y violentos, vertiendo mi placer directamente sobre su boca. Cem recibió el impacto sin apartarse, succionando con fuerza mientras yo temblaba y lloraba de pura sobrecarga sensorial, completamente entregada, completamente rota bajo su poder.

Se quedó allí unos momentos, manteniendo sus manos firmes en mis caderas hasta que los espasmos comenzaron a ceder. Lentamente, subió por mi cuerpo, arrastrándose sobre mí como un lobo que acaba de reclamar su territorio. Su rostro estaba encendido, su respiración era un silbido ronco y sus labios brillaban con el rastro de mi propia humedad.

Se inclinó sobre mí, uniendo nuestras bocas en un beso profundo que sabía a mí, a él, a la traición que estábamos consolidando. Sus manos me acariciaron el cabello, apartando los mechones sudados de mi frente con una rudeza que ahora se sentía extrañamente protectora.

—Ahora lo sabes, Mariposa —susurró contra mis labios hichados, su mirada anclada en la mía con una fijeza que me heló la sangre—. Ya no hay vuelta atrás. Puedes hablar de leyes, de mi hermano o de la Sultana todo lo que quieras. Pero tu cuerpo ya sabe la verdad. Eres la primera a la que me arrodillo, y serás la única que posea este palacio en secreto. Eres mía, Amira. Y de este pecado, ni tu Dios ni el mío nos van a salvar.

Me quedé inmóvil bajo su peso, sintiendo el latido de su corazón contra el mío, sabiendo que la celda ya no importaba. Mi verdadera prisión eran sus brazos, y lo peor de todo, era que no quería escapar de ella.

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