La humedad de la celda parecía evaporarse ante el calor sofocante que desprendían nuestros cuerpos. Las palabras de Cem, cargadas de una autoridad que no admitía réplicas, quedaron flotando en la penumbra del calabozo como un decreto inquebrantable. Yo asentí lentamente. No fue un acto de sumisión cobarde, sino la tregua de una guerrera que entendía que, para sobrevivir en este nido de víboras, el único escudo real que tenía era el hombre que me mantenía acorralada contra la piedra.
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