Habían pasado dos días. Cuarenta y ocho horas de oscuridad absoluta, donde el tiempo se medía únicamente por el goteo lejano del agua y el frío de la piedra que se me colaba hasta los huesos. El suelo me servía de cama y las sombras de mi mente eran la única compañía. El hambre y la sed empezaban a hacer estragos, pero lo que más me dolía era el orgullo herido y el silencio de Cem. ¿Me había abandonado? ¿Había pesado más su maldita corona que las marcas que dejó en mi piel?
De repente, el cruji