cap 12

Habían pasado dos días. Cuarenta y ocho horas de oscuridad absoluta, donde el tiempo se medía únicamente por el goteo lejano del agua y el frío de la piedra que se me colaba hasta los huesos. El suelo me servía de cama y las sombras de mi mente eran la única compañía. El hambre y la sed empezaban a hacer estragos, pero lo que más me dolía era el orgullo herido y el silencio de Cem. ¿Me había abandonado? ¿Había pesado más su maldita corona que las marcas que dejó en mi piel?

De repente, el crujido metálico de los cerrojos rompió el silencio de mi tumba. La pesada puerta de hierro se abrió de golpe, inundando la celda con la luz de las antorchas del pasillo. Mis ojos ardieron ante el impacto y tuve que cubrirme el rostro con las manos.

Una figura imponente cruzó el umbral. Era él. Su sola presencia hizo que el espacio de la celda se redujera a nada. Cem vestía una túnica oscura, y su rostro era una máscara de furia contenida que daba más miedo que los propios guardias. Detrás de él, dos soldados intentaron entrar, pero Cem se giró con la velocidad de un rayo.

—¡Lárguense! ¡Fuera de mi vista ahora mismo! —rugió con una voz que hizo temblar las paredes. Los guardias retrocedieron aterrorizados y cerraron la puerta, dejándonos a solas en la penumbra.

Se giró hacia mí. No esperó a que me levantara del suelo; dio tres pasos rápidos y me agarró con fuerza brutal del brazo, levantándome de un tirón. Su agarre me lastimaba la piel, pero sus ojos de obsidiana ardían con un fuego que me cortó la respiración.

—¿Es verdad? —siseó, su rostro a milímetros del mío, su aliento caliente golpeando mis labios—. Responde, Amira. ¿Es verdad lo que dice la Gran Sultana? ¿Andabas de libertina por el harén, mostrando tu rostro sin velo a los siervos y tocando a los hombres del palacio? ¡Dime que no te rebajaste de esa manera!

—¡No! —negué con la cabeza con vehemencia, las lágrimas de frustración queriendo asomarse por fin, pero las contuve por puro orgullo—. ¡No fui ninguna libertina! Olvidé el velo porque estaba huyendo de mis propios demonios, ¡de ti! Y solo ayudé a un anciano que se había caído al suelo. Un sirviente viejo que todos ignoraban como si fuera un perro. ¡Eso fue todo lo que hice!

Cem me sostuvo la mirada durante unos segundos eternos. Pude ver cómo la duda y la posesividad batallaban dentro de él. Sus dedos aflojaron un poco la presión en mi brazo, pero la intensidad de su cuerpo no disminuyó. El alivio pareció cruzar su rostro por un instante, transformándose rápidamente en una lujuria oscura y pesada.

—Dicen que te gusta exhibirte, latina —dijo con la voz volviéndose ronca, una sonrisa peligrosa dibujándose en sus labios—. Dicen que tus costumbres occidentales son un peligro para mi harén. Si tanto te gusta la libertad, vamos a ver de qué eres capaz cuando el único hombre que te mira soy yo.

Sin apartar los ojos de los míos, Cem se desabrochó la pesada túnica real y la arrojó al suelo polvoriento de la celda. Se quitó la camisa, dejando al descubierto su torso musculoso y las cicatrices que ya conocía de memoria. Quedó imponente, semidesnudo en medio de esa prisión de piedra.

—Baila para mí, Mariposa —ordenó, su voz siendo un comando que hizo vibrar cada fibra de mi ser—. Muéstrame ese fuego del que todos hablan en el harén. Baila para tu dueño.

El contraste entre la humillación del encierro y el erotismo de su petición me cegó. Quise negarme, quise golpearlo por haberme dejado encerrada dos días, pero mi propio cuerpo lo reclamaba. Empecé a moverme con lentitud bajo la tenue luz de la antorcha que se filtraba, balanceando mis caderas con una gracia felina y pecaminosa, dejando que el vestido andrajoso y sucio se deslizara un poco por mis hombros.

Cem no aguantó más el juego. Soltó un jadeo sordo, me acorraló contra la pared de piedra fría y me tomó allí mismo, con una urgencia salvaje que nos dejó sin aliento a ambos. La tela de mi vestido se rasgó en sus manos mientras me penetraba con fuerza, un choque violento de dos cuerpos que se necesitaban para no morir en el desierto. Jadeé su nombre contra su cuello, enterrando mis uñas en sus hombros, ignorando el roce áspero de la roca en mi espalda. Solo existía su calor, sus embestidas firmes y la adrenalina del pecado consumándose en las profundidades del palacio.

Al llegar al clímax, exhaustos y temblando, Cem me sostuvo contra su pecho, impidiendo que mis piernas cedieran. Su respiración era errática y su frente descansaba contra la mía en la penumbra.

Lentamente, me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos ya no tenían la furia de antes, sino una advertencia implacable.

—Vas a salir de aquí hoy mismo, Amira —susurró contra mis labios, sus dedos acariciando mi mejilla con rudeza—. Pero que te quede claro una cosa. A partir de hoy, tendrás reglas en este palacio. Reglas que no son las del harén, ni las de la Gran Sultana, ni las del consejo. Son mis reglas. Y solo las seguirás para mí.

—¿Qué reglas, Cem? —jadeé, todavía recuperando el aliento.

—No volverás a mostrarle tu rostro a nadie que no sea yo. No tocarás a ningún hombre, ni por piedad ni por descuido. Tu cuerpo, tus ojos y tu sumisión le pertenecen al futuro Sultán en la oscuridad, y al nombre de mi hermano ante el mundo. Si rompes mi ley, Mariposa, no habrá celda que te esconda de mi castigo.

Me besó con fuerza, un beso posesivo que selló nuestro pacto en la oscuridad, dejándome claro que mi libertad se había terminado, pero que en mi prisión, el único carcelero que deseaba era él.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP