El suelo de piedra de la celda seguía siendo frío, pero el espacio alrededor de la túnica de seda de Cem se sentía como un oasis de calor sofocante en medio de las sombras. La tormenta del placer salvaje había amainado, dejando atrás un silencio denso, interrumpido solo por nuestras respiraciones que poco a poco recobraban su ritmo natural.
Cem se había movido hacia atrás, apoyando su espalda desnuda y marcada directamente contra la pared de roca áspera. Me había atraído hacia él, colocándome e