Mundo ficciónIniciar sesiónEl suelo de piedra de la celda seguía siendo frío, pero el espacio alrededor de la túnica de seda de Cem se sentía como un oasis de calor sofocante en medio de las sombras. La tormenta del placer salvaje había amainado, dejando atrás un silencio denso, interrumpido solo por nuestras respiraciones que poco a poco recobraban su ritmo natural.
Cem se había movido hacia atrás, apoyando su espalda desnuda y marcada directamente contra la pared de roca áspera. Me había atraído hacia él, colocándome en medio de sus piernas largas. Yo apoyaba mi espalda contra su pecho firme, sintiendo el latido constante y poderoso de su corazón retumbar contra mis costillas. Sus brazos, fuertes y protectores, rodeaban mi cintura con una posesividad que ya no me molestaba; se sentía como la única constante en un mundo que se caía a pedazos.
Lentamente, Cem inclinó la cabeza hacia adelante, apartando los mechones rebeldes de mi cabello húmedo para depositar un beso pausado, ardiente y profundo en mi hombro desnudo. El roce de sus labios me hizo soltar un leve suspiro.
—Cem… —susurré, rompiendo el silencio que nos envolvía, sintiendo un nudo de angustia apretándome la garganta—. Dijiste que a partir de hoy tendría reglas que cumplir en este palacio. Reglas que solo serían para ti.
Me giré levemente el rostro para intentar mirarlo de reojo, sintiendo cómo el miedo, ese viejo enemigo que me acompañaba desde que pisé el desierto, ganaba terreno en mi pecho.
—Tengo miedo —confesé en un hilo de voz, dejando expuesta mi vulnerabilidad por primera vez—. Estoy atrapada en un harén que me odia, con una Gran Sultana que quiere mi cabeza y un consejo que me ve como una mercancía barata. Dime… ¿qué reglas debo seguir para que no me destruyan? ¿Qué es lo que me pides?
Cem guardó silencio por unos segundos. Sus brazos se tensaron alrededor de mi cuerpo, apretándome un poco más contra su torso como si quisiera fusionarme con él, recordándome quién tenía el control. Su aliento caliente rozó mi oreja cuando comenzó a hablar con esa voz profunda y pausada que me erizaba la piel.
—La primera regla, Mariposa, ya la sabes: tu rostro y tu cuerpo no existen para el resto de los hombres. Ante la corte, serás una sombra impecable, la perfecta representación de la dignidad que este palacio exige. No toleraré otro descuido como el del harén.
Hizo una pausa y bajó su mano por mi vientre, acariciando la piel con una mezcla de delicadeza y firmeza.
—Pero todo lo que te pido, todas las prohibiciones que el protocolo impone fuera de estas paredes, se reducen a una sola cosa aquí adentro —continuó, y su voz se volvió más ronca, cargada de una intensidad que me hizo temblar—. La regla más importante de todas, la única que si rompes firmarás tu propia sentencia de muerte… es que me seas fiel a mí.
—¿Fiel a ti? —repetí, sintiendo un escalofrío.
—Fiel a mí en cuerpo, mente y alma —sentenció Cem, sus dedos enterrándose suavemente en mis caderas—. Tu placer, tus gemidos y tus pensamientos me pertenecen solo a mí. No me importa el papeleo del consejo, no me importa tu origen, ni las intrigas de la Sultana. Mientras estés bajo mi techo, tu lealtad es mía. Si me eres fiel, Amira, yo seré tu escudo contra el mundo entero. Nadie, ni la Gran Sultana, volverá a ponerte una mano encima. Yo te protegeré de las víboras de este reino. Pero si me traicionas… si permites que otro te mire como yo te miro, yo mismo me encargaré de destruirte.
El peso de su demanda me dejó sin aire. Me pedía fidelidad en un matrimonio prohibido, una lealtad absoluta en medio de una mentira que crecía cada día más. El miedo inicial se transformó en una duda legítima, una pregunta que había estado flotando en la habitación de Zaid y que ahora cobraba una fuerza aterradora.
Me tensé en sus brazos y, reuniendo el valor que me quedaba, me giré por completo entre sus piernas para poder mirarlo directamente a la cara. Sus ojos de obsidiana me observaron fijos, indescifrables bajo la luz moribunda de la antorcha.
—¿Y qué pasará si tu hermano despierta? —le pregunté a quemarropa, con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta—. ¿Qué haremos si Zaid abre los ojos de esa cama médica? Él es mi esposo legítimo ante la ley y ante tu Dios. Si él regresa… ¿qué harás tú, Cem? ¿Me obligarás a ir a su cama? ¿Me entregarás a él sabiendo que mi cuerpo ya es tuyo?
La mención de Zaid cayó como un balde de agua fría en la celda. Las facciones de Cem se endurecieron al instante, y la calidez que había mostrado hace un momento se evaporó, siendo reemplazada por la máscara gélida del futuro Sultán, el hombre que gobernaba con puño de hierro y no permitía que nadie desafiara su autoridad.







