Mundo ficciónIniciar sesiónEl dolor en mi mandíbula y las marcas ocultas bajo mi ropa eran el único testimonio de la tormenta de la madrugada. Caminé hacia el harén con el cuerpo tenso, sintiendo que cada mirada de la servidumbre era un cuchillo. En mi prisa por salir de la habitación y escapar de mis propios pensamientos, cometí un error imperdonable en este reino de sombras: olvidé colocarme el velo. Mi rostro, con las mejillas encendidas por el recuerdo y los labios aún hinchados por los besos de Cem, quedó completamente expuesto a los ojos del palacio.
Al cruzar el patio central, el murmullo de las fuentes se extinguió de golpe. Las mujeres del harén se detuvieron, abriendo paso a una figura que avanzaba con la gracia de una cobra real. Vestida con sedas de un verde esmeralda profundo y cubierta de diamantes que reflejaban la luz del sol, la Gran Sultana me cortó el paso. Sus ojos, fríos y calculadores, se clavaron en mi rostro desnudo.
—Mírenla —siseó la Sultana, su voz destilando un veneno que hizo eco en las paredes de mármol—. La latina no solo es una intrusa sin alcurnia, sino una salvaje desvergonzada que camina por el palacio como una cualquiera en las calles de Occidente. ¿Dónde está tu decencia, Amira? ¿Es que tu familia no te enseñó lo que significa el honor de un velo?
—Fue un descuido, mi señora —respondí, forzando a mi voz a mantener una calma que no sentía, sosteniéndole la mirada a pesar del protocolo.
—En este palacio, los descuidos se pagan caro —sentenció ella, dando un paso hacia mí, deleitándose con mi humillación ante el resto de las mujeres—. Eres la esposa de un hombre postrado, deberías esconder tu cara por vergüenza, no exhibirla como una mercancía disponible.
Antes de que la disputa escalara, un estrépito al otro lado del patio desvió la atención de todas. Un anciano de la servidumbre, cargado con pesadas bandejas de plata destinadas a las estancias reales, había tropezado con el borde de una alfombra. El hombre cayó pesadamente sobre el mármol, las vasijas resonando con fuerza mientras él gemía de dolor, incapaz de levantarse por su propio pie.
Las mujeres del harén retrocedieron, soltando risitas de desprecio. Para ellas, los sirvientes eran invisibles, simples sombras que no merecían ni una mirada. Pero mi sangre latina, esa que Cem tanto llamaba "salvaje", reaccionó por puro instinto humano.
Ignorando los gritos de Malika a lo lejos, corrí hacia el anciano. Me arrodillé en el suelo, sin importarme que la seda de mi costoso vestido se manchara con el agua derramada, y tomé sus manos temblorosas.
—¿Se encuentra bien? Déjeme ayudarle —le dije en voz baja, ayudándolo a incorporarse con cuidado mientras recogía algunas de las piezas de plata. El anciano me miró con ojos desorbitados por el miedo, sabiendo que una mujer del linaje real no debía rebajarse a tocarlo.
—¡Suficiente! —el grito de la Gran Sultana rasgó el aire como un látigo—. ¡Es una aberración!
Dos guardias de la corte me tomaron de los hombros con brusquedez, arrancándome del lado del sirviente y obligándome a ponerme en pie. Malika llegó corriendo, con el rostro desencajado por el pánico ante lo que acababa de presenciar.
—No solo camina como una libertina mostrando el rostro a cualquiera, sino que toca a los sirvientes masculinos sin el menor respeto por las leyes de Dios y de su esposo —acusó la Gran Sultana, señalándome con un dedo tembloroso de furia contenida—. Esta mujer es una inmoral, una deshonra para los Al-Fayed. Sus costumbres occidentales son un cáncer en este harén.
—¡Yo solo estaba ayudando a un ser humano! —exclamé, intentando zafarme del agarre de los guardias—. ¿Su religión prohíbe tener compasión?
—¡Silencio! —rugió el jefe de la guardia, un hombre fiel a la directiva de la Sultana—. Has violado las leyes de castidad y decoro del palacio. Se te acusa de conducta libertina y rebelión ante las normas del reino.
La Gran Sultana sonrió con una satisfacción macabra, viendo cómo su trampa para deshacerse de mí se cerraba a la perfección.
—Llévensela —ordenó con desprecio—. Enciérrenla en las celdas del ala baja del palacio. Pasará allí los días en total aislamiento, a oscuras, hasta que el consejo y el futuro Sultán decidan si una mujer tan impura merece seguir respirando el aire de este reino.
Los guardias me arrastraron a la fuerza por los pasillos subterráneos, donde el lujo del mármol desaparecía para dar paso a la piedra fría y húmeda. Me empujaron al interior de un cuarto pequeño, oscuro y sin ventanas, cerrando la pesada puerta de hierro con un estruendo que sepultó mis gritos en la más absoluta soledad.
Me desplomé contra el suelo de piedra, abrazando mis piernas en la oscuridad. Estaba encerrada, acusada de libertina por la misma mujer que quería verme muerta. Mientras el frío de la celda empezaba a colarse en mis huesos, solo una pregunta me mantenía con vida: ¿Vendría el Lobo a salvar a su Mariposa, o me dejaría morir en las sombras para proteger su corona?







