El dolor en mi mandíbula y las marcas ocultas bajo mi ropa eran el único testimonio de la tormenta de la madrugada. Caminé hacia el harén con el cuerpo tenso, sintiendo que cada mirada de la servidumbre era un cuchillo. En mi prisa por salir de la habitación y escapar de mis propios pensamientos, cometí un error imperdonable en este reino de sombras: olvidé colocarme el velo. Mi rostro, con las mejillas encendidas por el recuerdo y los labios aún hinchados por los besos de Cem, quedó completame