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El olor a incienso y tierra mojada se me pegaba a la garganta, asfixiándome más que el propio luto. Observé el ataúd de mi padre descender lentamente, llevándose consigo no solo sus restos, sino también la última pizca de piedad que le quedaba a mi familia. No había lágrimas en mis ojos; el fuego de la traición las había secado antes de que la primera palada de tierra golpeara la madera.
—Es por el bien de todos, Amira —susurró mi tío al mi lado, su voz carente de emoción, mientras me apretaba el brazo con una fuerza que pretendía ser consuelo, pero que se sentía como una cadena.
—¿El bien de quién? —respondí sin mirarlo, con la mandíbula tan tensa que temí que mis dientes se quebraran—. Me han vendido como si fuera ganado, tío. Han usado mi vida para tapar los agujeros que dejó la ambición de mi padre.
Nadie respondió. En mi familia, el silencio era la moneda con la que se pagaban las culpas. Mi padre, Santiago Valdés, había muerto dejando un imperio en ruinas y una deuda de sangre con personas que no entendían de quiebras financieras, solo de honor y contratos.
Apenas terminó la ceremonia, no hubo café de pésame ni abrazos de consuelo. Me escoltaron directamente hacia una camioneta negra blindada. Mis maletas ya estaban en el maletero; mi vida entera había sido empacada por extraños mientras yo velaba a un hombre que me había traicionado en su última voluntad.
—El vuelo sale en dos horas —dijo uno de los hombres de traje oscuro que no conocía. No eran seguridad de la familia; eran los enviados de los Al-Fayed.
El trayecto al aeropuerto fue un borrón de luces y asfalto. Me sentía desconectada de mi propio cuerpo, como si estuviera viendo la película de una ejecución ajena. Al llegar a la terminal privada, el aire acondicionado me golpeó como una bofetada de realidad. Allí estaba el jet privado, con un emblema dorado que no lograba descifrar, pero que gritaba poder y posesión.
—¿Nueva York? —pregunté, deteniéndome frente a la escalerilla del avión.
—Es el punto de entrega, señorita Amira —respondió el escolta, señalándome que subiera—. Allí esperará las instrucciones finales antes de su traslado definitivo al reino.
Subí los escalones con las piernas temblorosas. Al entrar en la cabina de lujo, me recibió el lujo más obsceno que había visto jamás: cuero fino, maderas exóticas y champán helado. Sin embargo, para mí, aquello no era más que una jaula de oro con alas. Me desplomé en uno de los asientos y miré por la ventanilla cómo mi tierra, mi lengua y mi pasado se hacían pequeños bajo el ala del avión.
Me enviaban a Nueva York para ser entregada a un contrato matrimonial que no firmé, a una familia árabe que no conocía y a un destino que otros habían decidido por mí.
Me serví una copa de cristal, ignorando el temblor de mis manos. Mi padre me había vendido, mi familia me había escoltado al matadero y el mundo esperaba que fuera una esposa sumisa. Pero mientras el avión se elevaba sobre las nubes, una chispa de rebelión se encendió en mi pecho. Si esta iba a ser mi última noche de libertad antes de convertirme en la propiedad de un extraño, me aseguraría de que fuera una noche que ni el mismo Dios pudiera olvidar.
No sabía que en las sombras de Nueva York me esperaba un par de ojos oscuros que me robarían el alma antes de que el desierto reclamara mi cuerpo. Solo sabía que, a partir de hoy, Amira Valdés había muerto, y la mujer que renacería en las dunas no se dejaría domar por nadie.







