Livia
Mi pecho subía y bajaba cargado de adrenalina, mirando con determinación cómo los hombres se marchaban y salían junto a la chica, dejándome a solas con Darío, quien no dejaba de sangrar y me miraba con tanta rabia con su único ojo. Ya sabía que él era un psicópata, pero que todavía me estuviera viendo con deseo, a pesar de las circunstancias, me hacía temer aún más su nivel psicótico.
—Los dos sabemos que no eres capaz —se burló—. Vamos, anda, córtate el puto cuello y aun así voy a follar