Livia
Odiaba cada vez que abría la boca y ponía en duda todo lo que creía, hasta el punto en que me cuestionaba: «¿Realmente soy yo la que me hago daño?». Pero la poca cordura que me quedaba me gritó un rotundo NO. Era él quien me envolvía en su toxicidad, quien se aprovechaba de mi deseo por él para mantenerme a su lado, haciendo detalles que sabía que mi débil corazón iba a ceder.
—Odio que me digas que no me has obligado a nada —admití—. Es cierto, pero mira cómo me tienes: vigilada, control