Livia
La mujer frente a mí me miró indignada, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Se llevó la mano al pecho, soltando un grito que nos sobresaltó a todos, seguido de improperios hacia mi persona que no me inmutaron en lo más mínimo. Peores cosas había oído ya, y allí seguía, más firme que nunca.
—Un día, un día es lo que llevas aquí —me señaló con el dedo—. No eres nadie para mí, así como tampoco para esta gente. Si no puedes soportar esa verdad, ¿qué te hace pensar que puedes co