Livia
Afuera de la mansión me esperaban cuatro hombres de gran altura y musculatura, con sus trajes impecables y micrófonos con los que se podían comunicar entre ellos. Sus rostros eran pura seriedad, espaldas erguidas y miradas atentas. No me incomodaban; estaba acostumbrada a salir con escoltas porque toda mi vida ha estado en riesgo siempre.
—Andando, señores —dije con naturalidad, entrando a una de las dos camionetas aparcadas en la entrada. Dos de ellos subieron conmigo y los otros dos ab