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Llegamos a la aldea poco antes del atardecer. Dos o tres osas con sus oseznos merodeaban por el linde del bosque, y tan pronto olieron lobos, huyeron a refugiarse en las casas que ahora ocupaban.

Desierto y silencioso, el pueblo parecía un fantasma escapado de un sueño cuando nos internamos por la calle principal hacia el norte, las casas cerradas, puertas y ventanas tapiadas, los talleres abandonados.

Pronto aparecieron varias figuras allá adelante, a un ce

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